miércoles 28 de octubre de 2009

“El coste de oportunidad”

En economía se habla sobre el coste de oportunidad, algo que, sin darnos cuenta, está ligado a nuestra vida cotidiana. Y no necesariamente debe llevar dinero de por medio. Podemos decir que es el tomar una decisión, el calcular los pros y los contras que nos supondría llevarla a cabo. Sin embargo, ni siquiera llegamos a pensarlo en determinadas ocasiones.

Y allí estaba Ramón, sus zapatos nuevos hacían ruido en los baldosines ahumados de la gran Madrid. El tráfico arrullaba sus oídos y el pantalón gris marengo de su viejo traje hacía amagos de escapar. El peso del portátil le devolvía a su hombro un dolor repentino pronunciando su existencia. No estaba seguro. El semáforo de Avenida de América se puso en rojo. Se detuvo. Al otro lado, una pastelería. Se le hizo la boca agua. Primer coste de oportunidad, no tan importante. Estaba seguro de tomar un café con leche y edulcorante – odiaba el azúcar – pero ante tan suculentos manjares, costaba decantarse por uno solo. El semáforo se puso en verde. Un coche azul dio un frenazo brusco. A esas horas, en aquel cruce, había estampida de coches y personas en función del color de la señal luminosa. Ramón pasó tranquilo, disfrutando la nueva textura de sus pies y se detuvo ante el escaparate, un croissant relleno de nata llamó su atención. Una señorita colombiana se dirigió hacia él mientras pasaba un trapo por el mostrador.

- ¿Qué desea, señor?

Pura cordialidad, pero él todavía era joven y lo detestaba. Aun así contestó con la mayor calma posible.

- Un café con leche y… un croissant con nata.
- ¿Para tomar o para llevar?
- Para tomar
- ¿Cómo desea la leche?
- Fría por favor –Odiaba la leche caliente – y, por favor, con sacarina.
- De acuerdo – la camarera anotó algo en el ordenador - ¿Desea algo más? – Ramón negó con la cabeza – De acuerdo, seis con sesenta y seis.

Su número favorito, le quedaba un gran día por delante. El sarcasmo era una de sus armas más recurrentes. Pagó estoicamente y se sentó al lado de la calle, no para mostrarse, si no para observar con detalle a las personas viandantes.

Daniela, la camarera colombiana, miró fijamente con curiosidad a su cliente. Andaba con aire desubicado y era realmente atractivo. Tenía el pelo corto, rubio cenizo y una barba extremadamente sexy que resaltaba unos labios carnosos y rosados. Raro, pero era la excepción de los últimos hombres que llamaban su atención. Por defecto, le gustaban aquellos que tenían boca de pato. Soltó una risita tras la ocurrencia. El chico que acababa de pedir, le dirigió una mirada casual, que le recordó el café con leche y el croissant con nata. Sonrió amablemente.

Ramón comprobó su teléfono móvil, también nuevo. Había optado por los pequeños y grandes cambios. Era un último modelo táctil y de color blanco, el negro daba un aire demasiado serio. Tenía un mensaje nuevo. Con un leve golpecito en la pantalla, se abrió. Marina. Jamás iba a salir. Había conseguido definirla como una servilleta donde está esquemáticamente su vida. Había pasado de estar dibujado junto a ella, a creer estar en el borde de la otra punta. Sin explicación. Pero en ese instante, había decidido no dibujarla. ¿Por qué estar al borde de la servilleta pudiendo estar en el centro? No era necesario pintarla, en tiempos que corrían, no venía mal ahorrar un poco de tinta.

De repente, Daniela apareció con una bandeja y su merienda. Al poner los dos platos sobre la mesa, le dirigió una mirada exhausta. Lo notó, había sido descarada. Acompañó el gesto con una incorporación lenta y pausada.

- Gracias – Ramón intentó mostrar indiferencia, pero fue imposible. Ella no lo notó.

Se marchó, para seguir mirándolo pro el rabillo del ojo. Ramón se quedó en su mismo sitio, mismo lugar. Vació el sobrecito de edulcorante sobre la taza y removió el contenido apresuradamente con la cucharilla. Sin sacarla, la sujetó con un dedo mientras observaba de reojo su nuevo cacharro, leía el mensaje y daba un sorbo. Luego Marina decía que no era capaz de hacer tres cosas a la vez. Pero ¿Qué importaba ya? Repasó una y otra vez las palabras del mensaje: “ESTOY A PUNTO DE SUBIR AL AVIÓN Y NO ESTÁS AQUÍ. ALGÚN DÍA TE ARREPENTIRÁS DE LO QUE HAS HECHO.” Saboreó el café, lentamente paseó el sorbo por sus pupilas gustativas y lo mezcló con el sabor de la satisfacción. Ella estaba enfadada y a él le había roto el corazón. Había manipulado si servilleta hasta hundirla, mojarla destrozarla y mostrar absoluta indiferencia. Y ahora lo hacía él. Había cogido el coste de oportunidad más humillante, perdido sus preferencias, pertenencias. Había sido manipulado y engañado, creando una falsa ilusión. En realidad, él siempre estuvo enamorado de otra y consiguió - más bien le obligó - a creer lo contrario.

Tres días antes había tenido que contrastar sobre su coste de oportunidad. La cosa no era fácil. Marina le había dado un ultimátum. Claro, de golpe. Recordaba una y otra vez la escena. Ramón llegaba a casa, su casa. Marina esperaba sentada en el taburete de la cocina con las piernas cruzadas enseñando el muslo por el borde del picardías negro que él le regaló. Era la tercera vez que lo usaba, y nunca salía satisfecho. Marina, una mujer atractiva de veintiocho años, sabía sacar provecho a sus armas con soltura y victoria. Y, aunque le había costado mucho tiempo y disgustos, Ramón acababa de desmontarla.

Eran las doce de la noche, él llegaba cansado, ella expiraba el humo de un cigarro, rubio. La casa estaba llena de humo. Ella mantenía una actitud tranquila y creaba, a su vez, un ambiente frío y tenso. No esperó a que él soltara la chaqueta sobre el sofá. Lo soltó a bocajarro.

- Dentro de tres días me voy a Manhattan. Puedes venir conmigo u olvidarte de mí para siempre.

Formaba parte de su juego. Le encantaba crear situaciones críticas. Buscaba la lujuria y la pasión. Y no era mentira, Ramón ya había experimentado el placer intrínseco de su cuerpo, como un frasco infinito de extremo placer. Lo perdería. Y lo intentó. Tal y como entró, se fue a la cama, miró sus ojos cansados a través del espejo, se desvistió despacio, deshizo el lecho y, poco después de meterse entre las sábanas, se quedó dormido.

Los días siguientes no cruzaron palabra.

La camarera no le quitaba ojo de encima. Volvió la vista a su nuevo teléfono y pulsó sobre la opción borrar. Todo lo que llevaba el nombre Marina, había quedado en la reserva de las cosas que, de algún modo, siguen formando parte de su vida para siempre.

Dio el penúltimo bocado a su croissant relleno de nata y perdió la vista en la calle. Una madre le ofrecía a su hijo una golosina, él se la metía en la boca despreocupadamente, Más allá, una pareja de enamorados se regalaban besos. El semáforo pasaba a ámbar. El tráfico comenzaba a fluir lentamente de nuevo. La camarera seguía sin quitarle ojo de encima. Dio el último sorbo al café. Se encendió un cigarro. Le recordó a Marina. Pensó en la vuelta a casa. Los armarios de ella vacíos, la cama sin hacer, la comida en la nevera, la tele apagada. Calma. Estaría solo. Su nueva vida empezaba. No sabía cómo lo iba a hacer, pero estaba seguro de haber tomado la decisión correcta. Aquel era el primer día del resto de su vida.