14 noviembre 2011

MINIMICROHISTORIAS - C/ DEL JUGOSO PLACER, 7

Acusando a mis labios de huída, me encuentro clamando ese lugar donde ambos nos miramos a veces. Ese “A veces” es tan a menudo que mecida en un segundo te extraño como si alguien hubiese tenido el valor suficiente para arrancarme de ti. Ese instante es el resto del día, cuando somos vulnerables a toda la demás gente. Nuestras miradas asesinan en silencio al miedo. Provocas en mí una candela que no se puede apagar.
Subida en un tren de amargura, un juez sin juicio inventó una ley para dejar de quererte. Y falló, como todo. Porque es irremediable. Sucedió entonces un cielo gris y áspero. Un frío rotundo que raspaba las mejillas. Desde mi asiento el paisaje se quedaba atrás. Lo venidero aun seguía estando lejos. Aquellas vías conducían a calle del jugoso placer número siete. En el asiento de al lado, Impaciencia tomaba conmigo el viaje.
Ansiaba poder contarte tanto… Recordarte ya no era suficiente. Tus huellas en mi piel se iban borrando como un tatuaje de henna a lo largo del tiempo.
No había una sola vez en la que no nos hubiésemos deshinchado. No había, por tanto, un día en que bajase hacia ti con la precisa intención de robarle al mundo un pedacito sólo para ambos. Y querernos, y amaestrarnos como dos cotidianos fugitivos. Y que amaneciese el sol para advertirnos de que había llegado la hora.
¡Cómo lo pasaba contigo! Dejaba de ser cruel, dejaba de ser… inerte. Dejaba paso al placer, a la pequeña muerte. No había ni leyes, ni malas costumbres, ni prisas que valiesen la pena. Ni excusas, ni el arte de decir “ya es tarde” porque en ese pedazo de mundo aislado siempre habría lugar para nosotros.
Hasta que me marché. ¡Y mira que intenté quedarme! Pero la peor frase en la existencia que un amante puede decir al otro es: “¡Quédate!” Cuando la cosa ya no da más de sí. Prefiero extrañarte con la esperanza de que algún día podamos volver a agrandarnos como mejores expertos en la materia a saber que es imposible volver a sentir como arde tu piel en mis dedos.
Y así fue…
La siguiente vez compliqué hasta abril la docena de ganas de verte y así, sin más y por primera vez, mi boca partió en dos con una sonrisa ambas mejillas. Sonreí con ganas, lo recuerdo. Me dijiste te quiero y yo, haciendo desuso de la razón, te robé una jarra del cien montaditos. Corrimos como dos estudiantes que llegan tarde a su examen. Al decisivo, al que dice eso de “para un rato” que luego pasa a ser un “para siempre” sin querer. La confirmación tuvo que ver con un aullido que hizo vibrar mis cuerdas vocales hasta la cima de lo más alto. Allí, nítido y perfecto estabas tú. Y en aquel pedacito robado alargamos, por fin, para siempre nuestra fecha de partida.

2 que averiguan.:

Asier dijo...

has pensado en que muchas personas pueden sentirse identificadas con este relato? Tal vez varíe alguna situación, pero el fondo es el mismo. Puedes sentirte como una compositora, como Pancho Varona, escribes los sentimientos de mucha gente.

andrea dijo...

me encanta coo escribes y tus historias vales mucho escribiendo,en tus hisrias expresas los sentimientos de muchima gente.tq