jueves 12 de noviembre de 2009

POR FIN, EL CINCO

http://caminoamarte.blogspot.com

miércoles 11 de noviembre de 2009

Mi primer día - videoclip

POOOORRRR FIN!!!!!



y cada día hay más sorpresas.......... www.myspace.com/losaslandticos o también en: www.losaslandticos.com

están muy chulas, lo puedo asegurar...!!!!

miércoles 28 de octubre de 2009

“El coste de oportunidad”

En economía se habla sobre el coste de oportunidad, algo que, sin darnos cuenta, está ligado a nuestra vida cotidiana. Y no necesariamente debe llevar dinero de por medio. Podemos decir que es el tomar una decisión, el calcular los pros y los contras que nos supondría llevarla a cabo. Sin embargo, ni siquiera llegamos a pensarlo en determinadas ocasiones.

Y allí estaba Ramón, sus zapatos nuevos hacían ruido en los baldosines ahumados de la gran Madrid. El tráfico arrullaba sus oídos y el pantalón gris marengo de su viejo traje hacía amagos de escapar. El peso del portátil le devolvía a su hombro un dolor repentino pronunciando su existencia. No estaba seguro. El semáforo de Avenida de América se puso en rojo. Se detuvo. Al otro lado, una pastelería. Se le hizo la boca agua. Primer coste de oportunidad, no tan importante. Estaba seguro de tomar un café con leche y edulcorante – odiaba el azúcar – pero ante tan suculentos manjares, costaba decantarse por uno solo. El semáforo se puso en verde. Un coche azul dio un frenazo brusco. A esas horas, en aquel cruce, había estampida de coches y personas en función del color de la señal luminosa. Ramón pasó tranquilo, disfrutando la nueva textura de sus pies y se detuvo ante el escaparate, un croissant relleno de nata llamó su atención. Una señorita colombiana se dirigió hacia él mientras pasaba un trapo por el mostrador.

- ¿Qué desea, señor?

Pura cordialidad, pero él todavía era joven y lo detestaba. Aun así contestó con la mayor calma posible.

- Un café con leche y… un croissant con nata.
- ¿Para tomar o para llevar?
- Para tomar
- ¿Cómo desea la leche?
- Fría por favor –Odiaba la leche caliente – y, por favor, con sacarina.
- De acuerdo – la camarera anotó algo en el ordenador - ¿Desea algo más? – Ramón negó con la cabeza – De acuerdo, seis con sesenta y seis.

Su número favorito, le quedaba un gran día por delante. El sarcasmo era una de sus armas más recurrentes. Pagó estoicamente y se sentó al lado de la calle, no para mostrarse, si no para observar con detalle a las personas viandantes.

Daniela, la camarera colombiana, miró fijamente con curiosidad a su cliente. Andaba con aire desubicado y era realmente atractivo. Tenía el pelo corto, rubio cenizo y una barba extremadamente sexy que resaltaba unos labios carnosos y rosados. Raro, pero era la excepción de los últimos hombres que llamaban su atención. Por defecto, le gustaban aquellos que tenían boca de pato. Soltó una risita tras la ocurrencia. El chico que acababa de pedir, le dirigió una mirada casual, que le recordó el café con leche y el croissant con nata. Sonrió amablemente.

Ramón comprobó su teléfono móvil, también nuevo. Había optado por los pequeños y grandes cambios. Era un último modelo táctil y de color blanco, el negro daba un aire demasiado serio. Tenía un mensaje nuevo. Con un leve golpecito en la pantalla, se abrió. Marina. Jamás iba a salir. Había conseguido definirla como una servilleta donde está esquemáticamente su vida. Había pasado de estar dibujado junto a ella, a creer estar en el borde de la otra punta. Sin explicación. Pero en ese instante, había decidido no dibujarla. ¿Por qué estar al borde de la servilleta pudiendo estar en el centro? No era necesario pintarla, en tiempos que corrían, no venía mal ahorrar un poco de tinta.

De repente, Daniela apareció con una bandeja y su merienda. Al poner los dos platos sobre la mesa, le dirigió una mirada exhausta. Lo notó, había sido descarada. Acompañó el gesto con una incorporación lenta y pausada.

- Gracias – Ramón intentó mostrar indiferencia, pero fue imposible. Ella no lo notó.

Se marchó, para seguir mirándolo pro el rabillo del ojo. Ramón se quedó en su mismo sitio, mismo lugar. Vació el sobrecito de edulcorante sobre la taza y removió el contenido apresuradamente con la cucharilla. Sin sacarla, la sujetó con un dedo mientras observaba de reojo su nuevo cacharro, leía el mensaje y daba un sorbo. Luego Marina decía que no era capaz de hacer tres cosas a la vez. Pero ¿Qué importaba ya? Repasó una y otra vez las palabras del mensaje: “ESTOY A PUNTO DE SUBIR AL AVIÓN Y NO ESTÁS AQUÍ. ALGÚN DÍA TE ARREPENTIRÁS DE LO QUE HAS HECHO.” Saboreó el café, lentamente paseó el sorbo por sus pupilas gustativas y lo mezcló con el sabor de la satisfacción. Ella estaba enfadada y a él le había roto el corazón. Había manipulado si servilleta hasta hundirla, mojarla destrozarla y mostrar absoluta indiferencia. Y ahora lo hacía él. Había cogido el coste de oportunidad más humillante, perdido sus preferencias, pertenencias. Había sido manipulado y engañado, creando una falsa ilusión. En realidad, él siempre estuvo enamorado de otra y consiguió - más bien le obligó - a creer lo contrario.

Tres días antes había tenido que contrastar sobre su coste de oportunidad. La cosa no era fácil. Marina le había dado un ultimátum. Claro, de golpe. Recordaba una y otra vez la escena. Ramón llegaba a casa, su casa. Marina esperaba sentada en el taburete de la cocina con las piernas cruzadas enseñando el muslo por el borde del picardías negro que él le regaló. Era la tercera vez que lo usaba, y nunca salía satisfecho. Marina, una mujer atractiva de veintiocho años, sabía sacar provecho a sus armas con soltura y victoria. Y, aunque le había costado mucho tiempo y disgustos, Ramón acababa de desmontarla.

Eran las doce de la noche, él llegaba cansado, ella expiraba el humo de un cigarro, rubio. La casa estaba llena de humo. Ella mantenía una actitud tranquila y creaba, a su vez, un ambiente frío y tenso. No esperó a que él soltara la chaqueta sobre el sofá. Lo soltó a bocajarro.

- Dentro de tres días me voy a Manhattan. Puedes venir conmigo u olvidarte de mí para siempre.

Formaba parte de su juego. Le encantaba crear situaciones críticas. Buscaba la lujuria y la pasión. Y no era mentira, Ramón ya había experimentado el placer intrínseco de su cuerpo, como un frasco infinito de extremo placer. Lo perdería. Y lo intentó. Tal y como entró, se fue a la cama, miró sus ojos cansados a través del espejo, se desvistió despacio, deshizo el lecho y, poco después de meterse entre las sábanas, se quedó dormido.

Los días siguientes no cruzaron palabra.

La camarera no le quitaba ojo de encima. Volvió la vista a su nuevo teléfono y pulsó sobre la opción borrar. Todo lo que llevaba el nombre Marina, había quedado en la reserva de las cosas que, de algún modo, siguen formando parte de su vida para siempre.

Dio el penúltimo bocado a su croissant relleno de nata y perdió la vista en la calle. Una madre le ofrecía a su hijo una golosina, él se la metía en la boca despreocupadamente, Más allá, una pareja de enamorados se regalaban besos. El semáforo pasaba a ámbar. El tráfico comenzaba a fluir lentamente de nuevo. La camarera seguía sin quitarle ojo de encima. Dio el último sorbo al café. Se encendió un cigarro. Le recordó a Marina. Pensó en la vuelta a casa. Los armarios de ella vacíos, la cama sin hacer, la comida en la nevera, la tele apagada. Calma. Estaría solo. Su nueva vida empezaba. No sabía cómo lo iba a hacer, pero estaba seguro de haber tomado la decisión correcta. Aquel era el primer día del resto de su vida.

martes 27 de octubre de 2009

Cuando decidimos tomar una decisión a largo plazo, solemos pensar en el momento que estamos viviendo. No en lo que puede pasar mientras eso ocurre, Tal como, por ejemplo, tener un hijo. Podemos imaginar cómo puede ser el embarazo, o el parto. Como puede ser tenerlo en tus manos la primera vez, como debería ser cuando es mayor. Pero así mismo. Dentro de nosotros sabemos que nos podemos estar equivocando. A veces pretendemos dar la mejor educación, la que creemos que es la correcta. Pero a largo plazo, podemos comprobar que nos hemos equivocado. Errores, si, que no llegan a tener solución. Pero nunca sabemos lo que puede pasar. A los quince años, podemos pensar que, tal vez, con veinte estemos estudiando una carrera y posiblemente casi entrando al mundo laboral. Pero eso es sólo pensarlo. La vida da mil vueltas, es una caja enorme de bombones. Nunca sabes lo que puede pasar. A los veinte te das cuenta de que no has hecho ni la mitad de lo que habías pensado y que ni siquiera has llegado a cumplir la primera parte. No estás estudiando una carrera y tampoco tienes el bachiller, porque estás empezando de nuevo. Es curioso, pero hay vidas en las que tienes que empezar de cero una y otra vez y volverte a equivocar, o caer en la cuenta de que todo lo que has imaginado ha caído en picado. No nos podemos imaginar, siquiera, dónde podemos estar dentro de un año. Puede que creamos estar en un lugar viviendo, cuando de repente te encuentras en otro distinto, o en ese en el que llevas tanto tiempo. A veces la vida es como una pescadilla que se muerde la cola, y que sus impulsos nerviosos no llegan a estimular lo suficiente para avanzar de lleno en tus proyectos.
Tampoco sabemos quién puede entrar o salir de tu vida. Podemos determinar que seguirá entrando gente en un momento determinado. A través de tus hijos, a través de ti o de todas éstas tecnologías que nos invaden en los últimos años. Redes sociales como Facebook o Tuenti gente real a miles de kilómetros. Dentro de unos años estaremos hablando con gente de otro planeta. ¿Quién sabe? A través de una pantalla, tecleando con un aparato, se pueden hablar de muchas cosas: se puede hablar de sentimientos, de verdad, de mentira… pero no se pueden determinar gestos ni actitudes. Permanecemos siempre en la misma posición, cambiando el culo de un lado a otro cuando se nos ha quedado dormida una pierna o un codo de estar apoyados en una postura incómoda o realmente de estar castigando nuestro cuerpo con posturas dañinas para la salud.
A largo plazo, también tienen sus inconvenientes.
¿Nos podemos ver de alguna manera dentro de, siquiera un año? Pensando en mí, tal vez ya tenga primero de bachiller o el examen de acceso a grado superior. El carnet de conducir y ¿Quién sabe si habré conocido al hombre de mi vida? El amor, sigamos. También es algo incierto. Algo que nos venden con el modo de sentirnos ciertos, de sentirnos realizados. Pero ¿Realmente necesitamos depender de otra persona para sentirnos completamente llenos? La gente confunde lo que es el amor. Desde los cuentos que nos contaron cuando éramos pequeños, hasta las historias de hoy en día tienen finales felices. Son mentira. Hay que llegar a pensar que el amor es como el petróleo. Se acaba. Pero tampoco es predecible. ¿Cuánto puede durar? ¿Un mes, tal vez dos… quizá una vida entera? Es una ilusión, un conjunto de reacciones químicas que se producen en nuestro cuerpo y hace que veamos a la otra persona como un ideal perfecto. Pero engaña. Dados los tiempos que corren, da miedo enamorarse, comprometerse, da miedo Amar. Por el miedo de que nos hagan daño. Pero si vivimos todo el tiempo con la duda, no conseguiremos nada. La vida está llena de fracasos, de cosas que se empiezan y nunca se acaban. De veces que hay que levantarse y rehacerse a partir de trozos que parecían irreconciliables. De buscar una manera de saltar los baches. Y de coger al toro por los cuernos y decir: ¡Basta! Se acabó de hacernos daño. Hay que pensar, dejarse llevar, experimentar, sentir los besos… aunque a veces duelan. A la larga, con el tiempo. O en un periodo definido. Hay que disfrutar de cada segundo, de un paseo o de la vuelta a casa al salir del trabajo. Sentir el café de las mañanas con todos los sentidos, el aire fresco, o cálido. Y arroparse con las sábanas aunque no haya un abrazo calentito para acompañarnos, ni la indulgencia de un beso, ni las frágiles palabras de unos labios que preguntan: ¿Estás bien?

martes 20 de octubre de 2009

Vamos a escribirnos cartas como en el cole.
Vamos a soltar por los dedos toda la rabia que sentimos dentro y luego, como cobardes, le diremos a un “amigo” que te la pase mientras detrás de un seto observo tu reacción. Y si quieres, vamos a ser tan cobardes de dejar de hablarnos sin dejar las cosas claras. A la espalda. Pero eso es siempre, si… eso no viene sólo del colegio.
Así eres tú. No es más que lo que me has demostrado. Ser un cobarde. Un cobarde que se cobija en sus propias palabras para no sentir la deficiencia que lleva dentro. ¿Crees que muchas veces no me he puesto la tele para no sentirme más sola? Pero tú no. Te diviertes. Parece mentira pero te gusta. Te gusta decir que estás solo. Que no tienes otra cosa que hacer. ¡Já! No vengas con cuentos, idiota. Que no sabes mentir. Te gusta humillar, e incluso cuando duele te hace más gracia. Te gusta fingir que eres el hombre seguro y el más pesimista. ¿Necesitas mimos de tu mamá? ¿Esperas que todas las nenas estén expectantes mientras decides: “hoy me follo a ésta, mañana a la otra”? Vas de capa caída. Reconócelo. Intentas enmascarar lo que es cierto. Ellas – y sabes perfectamente a quién me refiero – no te pueden ni ver. Pero tú apareces como si nada, como si fuera una pesadilla de la que te acabas de despertar. Y todo es mentira. ¡Aterriza, joder! Mira a tu alrededor. Hay gente que te quiere, que sólo piensa en ti. Hay gente que no duerme pensando en si puedes estar bien, si otra noche te has quedado en vela. Subnormal. Eres subnormal. Ni siquiera te das cuenta. Lo echas todo a perder. Esperas algo que no va a pasar nunca. Deja de intentarlo. No te permitas aspirar a lo que no puedes llegar. Ni a lo más alto, ni tan siquiera a lo más bajo.
Vas dejando huella por donde pisas. Lo ignoras. Haces lo que te sale de las pelotas –nunca mejor dicho – y acabas terminando por hacer lo mismo que odias que hagan contigo. No sé a qué vienen tantas reflexiones de las tuyas si al final, lo acabas haciendo mal. ¿Mal? Fatal. Después no te preguntes por qué acaba todo como acaba. Que son los demás, si ¿Y tú? Colega, no presumas de lo que careces. No des por hecho lo que desconoces. Ya te has impresionado.
Pero venga, sigamos jugando a los niños del cole, a comportarnos al revés de alguien que quiere madurar.

sábado 10 de octubre de 2009

UNA ANTIGUA LEYENDA GRIEGA...

Poseedor de una fuerza suprema y de un valor sin parangón, fue bendecido por los dioses, amado por los mortales y deseado por todas las mujeres que posaron los ojos en él. Era un hombre que no reconocía leyes ni mostraba clemencia alguna.
Su habilidad en la batalla y su intelecto superior rivalizaban con los de los mismísimos Aquiles, Ulises y Hércules. De él se escribió que ni tan siquiera el poderoso Ares en persona podía derrotarlo en la lucha.
Y por si el don del poderoso dios de la guerra no hubiera sido suficiente, también se decía que la diosa Afrodita en persona besó su mejilla al nacer y se aseguró de que su nombre quedase grabado para siempre en la memoria de los mortales.
Bendecido por el divino toque de Afrodita, se convirtió en hombre al que ninguna mujer podía negarle el uso de su cuerpo. Porque en lo referente al sublime Arte del Amor, no tenía igual: su resistencia iba más allá de la de cualquier mero mortal; sus ardientes y salvajes deseos no podían ser doblegados.
Ni rechazados.
De piel y cabellos dorados, y con los resplandecientes ojos de un guerrero, de él se comentaba que su sola presencia era suficiente para satisfacer a las mujeres y que un solo roce de su mano proporcionaba un indefinible placer.
Nadie podía resistirse a su encanto.
Y así los cielos arrojaron sobre él una maldición. Una que jamás podría romperse.
Como la del pobre Tántalo, su condena fue eterna: obligado a buscar su propia satisfacción sin poder alcanzarla nunca. Obligado a anhelar las caricias de aquella que lo invocara y a proporcionarle un placer exquisito y supremo.
De luna a luna, yacería junto a una mujer y le haría el amor hasta que se viera obligado de nuevo a abandonar este mundo.
Pero hay que tener cuidado, porque una vez que se conocen sus caricias, quedan impresas en la memoria de su amante. Ningún otro hombre podrá satisfacerla jamás. Porque ningún simple mortal puede ser comparado con un hombre de tal apostura. De tal pasión. De tan denodada sensualidad.
Contempla al maldito.
Julián de Macedonia.
Apriétalo contra tu pecho y pronuncia su nombre tres veces cuando llegue la medianoche bajo la luz de la luna llena. Él vendrá a ti y, hasta la siguiente luna, su cuerpo estará a tu disposición.
Su único objetivo será complacerte, servirte.
Saborearte.
Entre sus brazos aprenderás el verdadero significado de la palabra paraíso.

viernes 2 de octubre de 2009

El insomnio de Jovellanos

[...]
Porque sé que los sueños se corrompen
he dejado los sueños,
pero cierro los ojos y el mar sigue moviéndose
y con él mi deseo
y puedo imaginarme
mi libertad, las costas del Cantábrico,
los pasos que se alargan en la playa
o la conversación de dos amigos.

Allí,
rozadas por el agua,
escribiré mis huellas en la arena.
Van a durar muy poco, ya lo sé,
nada más que un momento.

El mar nos cubrirá,
pero han de ser las huellas de un hombre más feliz
en un país más libre.


LUIS GARCÍA MONTERO
de: habitaciones separadas

miércoles 30 de septiembre de 2009

Lo que necesito ahora no es ni tiempo, ni distancia. No. Te necesito ya y aquí a mi lado.

Se necesita tiempo para muchas cosas. Para querer, para dejar de querer… tiempo.
Mayormente estipulado: 0’2 segundos. Y ahora, que tengo en una mano el café, en la otra la tostada y los ojos llenos de legañas, me doy cuenta que no sé hasta qué punto va a llegar ésta fiebre de ti. ¿También es cuestión de tiempo? Seguro que acabas de sentirte como un producto de supermercado. Pero estoy harta de esperar a que pongan las rebajas.

Y ahora me paseo desde mi cuarto a la cocina con la luz apagada. Me gusta sentir la rugosidad de las paredes en la yema de mis dedos, escurrir los calcetines por las baldosas. Algo intrínseco, más bien. Y como exigencia de la moral en turno, escribiendo el mismo capítulo una y otra vez, vuelvo a echarte de menos.

Hoy, tus labios insolventes, casi desmedidos, han intentado pronunciar quedándose por el camino. Y en el fondo sabía que querías decir: “¿Estás bien?”

domingo 27 de septiembre de 2009

Antes De Que El Corazón Se Pierda - Raúl Rojas



Ámame de brote en brote
hasta que el amor se agote,
que luego hago más.

Pa’ que el corazón me explote
hasta que un latido repose
en tus caderas.

Me miras y ya te entiendo,
tú me das y yo te atiendo
y luego te vas .. creciendo.

Ahora que aun estás a tiempo,
ahora que te queda aliento
para aguantar .. presiento.

Y abrazados en este momento
con total excitación.
Cansados de tantos intentos
aparecen muertos.


[...]...[...]

sábado 26 de septiembre de 2009

25.septiembre.2009



Temblar, eso es lo que hice.
Temblar de noche, de día, a la hora de comer…
Temblar antes del examen para cometer el error más tonto que se puede cometer. “Por aquí no se puede pasar ¿no?” Y ver ante mis ojos como el coche dejaba atrás la maldita señal para comprobar después, que había una mierda de calle a la izquierda. Ahí, cuando la ráfaga de dudas se hace insoportable. En fin… El día 5 habrá una nueva oportunidad. Esta vez SI será la definitiva, espero. A pesar de la rima…
Antes de llegar a casa, pensé en lo sucedido. En mi cuerpo se clavaron miles de agujas incesantes. No agujas de coser, agujas de punto, largas, gordas y afiladas. Y mi estómago era una especie de gelatina. Mi piel nunca estuvo tan blanca. Las ojeras nunca tan marcadas, la cara no marcaba una sensación tan de vacío. Por sólo unos minutos. Unos minutos… antes de echar toda la rabia por la boca en forma de jugos gástricos y pastillas de valeriana recién digeridas. ¡Qué asco! ¡Qué mal sabe vomitar cuando estás nervioso! Ni tenerse en pie. Sujeta al brazo de mi padre y a un árbol a la vez, con las piernas temblorosas, el humor gastado. La rabia, la impotencia… El no verme haciendo eso que tanto me gusta: conducir. El coche de al lado me enviaba una señal, el de mi padre.” ¡Sube! ¡Relájate!” Y es que no me puedo imaginar como unos pedales y una palanca pueden llegar a hacerme sentir tan segura. ¿Por qué no en ese momento? ¡Valiente mierda! Un coche, un coche… conducir, llevar, alojarse… viajar. Viajar en sueños, en vida, viajar hacia ti, hacia nosotros… viajar enteros, sin prisas, en Enero o Febrero… Viajar, simplemente sentir el asfalto bajo los neumáticos, sentir el aire acondicionado, la música de una nueva aventura, los intermitentes, los cambios de sentido. Y un maldito error lo echó todo a perder. Increíble.
En fin, esperemos que no a la tercera, a la segunda, pueda decir: “Ya te tengo”