16 septiembre 2017

Apatía

Lo miraba desde el otro lado del sofá. Con esa mezcla de ternura y amargura con la que se mira a alguien que sabes que va a terminar. Algo que llevaba demasiado tiempo planeando, pero nunca era el momento perfecto. La idiota perfecta. El problema sin solución. La mirada perdida. El peso, el peso de encima que es cada vez más intenso, más sólido, más indisoluble. Quieres acabar con ello, pero la otra parte se hace de rogar. Quizá porque lo vea llegar... aunque ha tardado en darse cuenta.

Desde el primer momento, las que mejor la conocían, le preguntaban ¿Qué cojones estás haciendo? Hasta los compañeros del gimnasio, los antiguos amantes, su amigo favorito... Todos sabían que ella no estaba bien. Que no es lo que buscaba, ni lo que esperaba. Que fue salir de un manicomio para meterse en un panteón. Todos le animaban a hacer lo correcto, excepto uno. Que amenazó con que no iba a encontrar a nadie mejor en su vida... pero le daba igual, sabía que la felicidad no estaba en eso.

Siempre supo que, si en una pareja no hay pasión, si no saltan chispas, si no te mueres de ganas de clavarle los colmillos en la yugular, si no se despierta tu sexo a cualquier resto de su contacto... Entonces ahí puede existir amor, pero no la clase de amor que hay en los noviazgos. Eternos, efímeros ¿Qué más da? El fuego, en ese caso, no calentaba los huesos.

Lo miraba y él no estaba haciendo nada. Sabía perfectamente que ojeaba en una página absurda de internet cualquier tontería. Y ella estaba allí, a su lado, intentando contarle algo que le había pasado. Alguna ocurrencia o cualquier tontería por tener una conversación con el que, se suponía, era su pareja. Pero no había respuesta. Echaba de menos esas conversaciones que terminaban riéndose al amanecer. Aunque el tema en cuestión fuese de llorar. Echaba de menos las tonterías, los abrazos, la embriaguez en forma de felicidad. El sentirse libre. Libre de toda percepción pragmática imaginaria.

Se acercó a él y, a modo de súplica, le dio un beso. El volvió a besarla. Dejó el ordenador encima de la mesa e intentó meter su mano por dentro del pantalón. Ella ni siquiera hizo el amago. Ya sabía lo que pasaría a continuación.

De repente, se le vino a la cabeza una conversación con su amigo favorito. Desesperada, buscando consejo, solución. Sintiéndose un amasijo de carne. Poca mujer. Indeseada. Sintiendo que su cuerpo y su mente ya no tenían el poder de atrapar a un hombre como antes. Con sus novelas eróticas y esos cuentos que, más que dormir, resucitaban a los muertos.

- ¿Cuál es el diagnóstico Dr. R?
- Coño cadáver.
- ¿Eso es grave?
- ¿Que tú no tengas ganas de follar? El puto fin del mundo...

Gloria pasada. Tiempos que parecían estar demasiado atrás. Buscaba sin descanso esa identidad perdida. Esa chica que fue. Que no iba a volver. Por supuesto. Pero... ¿Y las ganas? Las mariposas en el estómago, el temblor de las piernas, el morderse los labios para no dejar salir un gemido. El retorcerse. Ese poder, sin remordimientos. Eso... ¿Dónde estaba eso? En cambio, unas manos muertas, una boca muda, una cabeza llena de mensajes fracasados...

Nada. Nada de nada.

Aquel chico que la besaba con todo el cariño del mundo, los ojos abiertos, el corazón en la mano. El tembleque del miedo. La misma sensación de siempre. El intenso olor a fracaso que le llegaba, incluso antes de empezar. Los demonios de su cabeza. Los que no intentaba nunca callar. Ese. Ese chico, se despegó de sus labios y de pronto dijo:

- ¿Nos quedamos aquí o vamos al cuarto?

Esas preguntas inoportunas, en el momento menos preciso... Lo que hubiera dado porque tuviese iniciativa, porque le agarrase de las nalgas, porque le arrastrara hasta la habitación arrancándole la ropa, robándole los besos, el aliento...

- Vale, vamos.
- Vale, espera un momento que tengo que ir al baño.

Otra vez igual, otra santa vez igual. Lo mismo de siempre. A esperar... y esperar... que no ocurriese nada.

La mirada de ese chico parecía ilusionada. Es algo que le producía ternura. Ternura pero no hambre, ni sed, ni nada que tuviera sentido en eso del sexo. El sexo es guarro, veraz. Aunque os queráis a rabiar, aunque os améis con locura. Es el instinto, la sangre, los huesos... es todo. Todo vale. Pero no esa clase de ternura.

Quizá albergase un poco de esperanza. Que se alinearan los planetas, un eclipse solar y lunar a la vez, un poco de magia... algo que acabase con esa maldita tradición entre las sábanas. Pero no. Tras desvestirse ocurrió lo de siempre. Nada. Absolutamente nada. No había nada que compensara ese malestar. Pudo ver la bruma tantas veces sobre aquel muchacho que ya no sabía qué hacer. Ella dirigió la mano hacia su entrepierna, el hielo empezó a recorrerle todo el cuerpo, desde la cabeza hasta los pies. Todo. Hielo. Nada... Escuchaba su alma gritar, llorar desconsolada. Se sentía tan poca mujer...

- ¡Uf! - Empezó a reír. Cualquiera que la conociera sabría que esa risa era de desesperación.
- ¿Qué? ¿De qué te ríes?

Ella suspiró.

- Es tan blandita que me quiero morir...

Y los dos echaron a reír, durante diez minutos. Sin saber muy bien cómo. Después lloraron, lloraron desconsoladamente. Ella se levantó de allí, se abrochó la camisa. - Como siempre a pico cojo - Recogió sus cosas y se fue. Otras veces podía consolarlo, intentar decir o hacer algo que le hiciera sentirse mejor. Pero no, no había manera. Esta vez era ella la que tenía que mirar por sí misma. No podía más.

Había sido mujer fatal y diosa. Debilidad, anhelo. Había sido el poder. El poder de la lujuria y ahora... Ahora tenía un hombre en sus manos. Buena persona, si. Pero que no la miraba ni la tocaba como un hombre debería hacerlo. Ni una mujer a otra, está claro. Incapaz de hacer realidad sus deseos más impuros. A menudo se quedaba mirando delante del espejo esa imagen. Esa persona en la que se había convertido. Un cuerpo y una mente más poderosos. Una sed que no claudicaba nunca. Y menos aún después de aquello. Aunque, a decir verdad, la apatía se propagaba como una pandemia eficaz e inalcanzable. Prolongaba el tiempo de espera sin obtener respuesta. Buscando algo que le encendiera el alma. Rascando motivos para no salir corriendo. De hecho, alguno tenía. Pero no eran suficientes. Nada era suficiente. Y no es que se creyera más que nadie. Es que hay vasos ciegos. Vasos que no se pueden sostener durante mucho tiempo. Aunque tengas la esperanza de poder hacerlo, porque son bonitos, porque el contenido no sabe tan mal, porque es dulce. Pero el vaso se había vuelto sordo. Es lo que pasa cuando tenemos miedo de las respuestas, que callamos las preguntas. Nos saltamos toda regla moral para evitar que se emita esa pregunta.

No podía seguir y lo sabía. Estaba estirando la goma más de la cuenta. En algún momento se partiría, en algún momento les pegaría a los dos en las narices, les abriría una brecha y pensarían... ¿Por qué no paré a tiempo?

Por eso, aquel momento fue, por así decirlo, uno de los momentos. Quizá no el más adecuado, quizá no el más oportuno, quizá no el menos doloroso. Pero a ella la goma ya le había llegado a las narices, ya le dolía más de la cuenta, ya sólo reía a duras penas una vez al mes.

E hizo lo que tuvo que hacer. Lo que le pedía el cuerpo desde hacía meses. Lo que le llevaban pidiendo todos. Volver a sí misma.

A veces, hay que mirar por uno mismo. Es necesario. Verter nuestro tiempo y esfuerzo en intentar hacer que alguien sea feliz cuando tú no lo eres es entrar en un vórtice, en un agujero negro. En la nada. Entendió que la felicidad y la libertad no están más que en las manos de cada uno. Y que esas dos facetas se comparten con ilusión y voluntad pero, efectivamente, no dependen de nadie más.



....

Pasaron los días. Tres semanas a lo sumo. Se encontraba en otra cama, con otro perfume. En calma. Curiosa. Recordaba perfectamente lo que acababa de suceder. Aunque no sabía muy bien cómo ni cuando, él le agarró el brazo, tiró de ella hacia su cuerpo, se deshizo en besos por su cuello y cerró la puerta sin hacer ruído. 

Otro olor, otro cuerpo, otra mirada, otras manos, otra risa... pero nada fuera de lo común. Nada que le pareciese extraño, pese al surrealismo de la situación. Y eso es lo que le gustaba. La clandestinidad. Evitar sospechas, hacer lo que le diera la gana.

Alguien la despertó a las siete de la mañana.

- ¿Qué quieres? - le preguntó
-  Darte candela. 
- ¿Otra vez?
- Te dije que iba a hacerlo toda la noche, y yo soy hombre de palabra... 
- Ummm - murmuró - ¡Gloria bendita!