20 septiembre 2016

La sala de espera

Entré a la sala de espera, era casi cuadrada, con asientos incómodos a continuación de las paredes y una columna en medio. No falla nunca. Me senté de espaldas a la ventana. No sé muy bien por qué, nunca me ha gustado estar de cara a la pared. Siempre he preferido mirar lo que pasaba fuera, poder tener la espalda cubierta a la vez que puedo gozar de un campo visual lo más amplio posible. Pero así fue.

Aun no se había marchado el verano y saboreaba los besos de sus últimos días como la despedida de alguien que sabes que verás otra vez, pero en mucho tiempo. Y no sabes cómo ni dónde vais a estar en ese tiempo. Por eso os besáis con ternura, con mimo, con ganas de no soltarse, pero queriendo a la vez que pase el tiempo lo antes posible para olvidarse o volver a encontrarse y disfrutar de nuevo de ese primer momento. Así estaba yo con el verano, amarrando constipado tras constipado por no querer admitir que en pocas semanas tendría que sacar el edredón y el abrigo del armario. Al menos me había puesto una camisa. Una camisa que me quité nada más entrar por la puerta. Sabía que, de alguna manera, tendría que entretenerme. Así que me llevé un libro. Me había dado por la novela negra, servicios de inteligencia, prostitución, drogas, investigaciones imposibles. Casos que harían vomitar hasta a un murciélago. Amaba la intriga, el descifrar aquellas mentes que parecían un rompecabezas. Asumir un control, desconectar del mundo real. Teniendo en cuenta todos los libros de corredores y autoayuda que estaban sacando al mercado, aquella novela era lo más de lo más. Quizá pronto se pusiera de moda. Aunque era algo demasiado complejo para los que no tienen demasiado interés en pensar. De todas maneras, los demás, en ese aspecto, me daban igual. Ni pretendía cambiar su forma de pensar ni tampoco pretendía amoldarme a sus pensamientos. Esa manía absurda que tenemos de complicarnos la existencia con cosas simples. De escoger lo difícil en vez de lo práctico. De compararnos siempre con otros y criticar lo que es diferente... En fin, que saqué mi libro, me puse las gafas y empecé a leer mientras esperaba. Tenía el pelo más largo que nunca y, me había quedado en tirantes. De repente sentí como mis rizos jugaban con mis hombros y me hacían cosquillas en el escote. Una sensación que apenas había experimentado antes. Ese roce leve, ese cosquilleo.

Mi libro y yo nos quedamos a solas. Lo estaba devorando, me deleitaba con el olor de sus páginas al tiempo que mojaba la yema de mi dedo índice para poder pasar página con un movimiento seguro. Aquel libro me tenía enganchada y, en aquel momento, alguien estaba enganchado a mi.

Lo sentí venir. Como cuando sabes que alguien te esta mirando directamente. Levanté la vista y vi su rostro a través de la ventana redondita de la puerta. Ahí estaba, sonriente, clavándome sus ojos marrones. Ahí estaba quieto, con la cara cubierta de pecas. Ahí estaba. Y lo vi. Levanté los ojos por encima de mis cristales graduados y arqueando una ceja de forma sarcástica, solté una carcajada y volví a bajar la vista. Él seguía mirando, sentí como su sonrisa se hacía cada vez más grande y revoltosa. Volví a mirarlo, molesta, volví a sentir como esos ojos se clavaban en  mi, como intentaban leerme la mente. Cómo se deleitaban con "a saber qué estaban viendo" . Hasta que lo sentí. Como cuando un rayo de sol atraviesa una lupa y calienta lo que está por debajo. Mi piel comenzó a arquearse, mi boca a salivar, mirándolo, despistada, embrujada. Con sumo cuidado y silencio abrió la puerta. Se llevó el dedo al labio indicando silencio y me indicó que fuera. Mis pies, estaban atrapados en dos sacos de hormigón. No podía moverme. No podía hacer nada que no fuera desear salir corriendo. Me debatía entre la vida o sus besos.

No, no podía ser, estaba trabajando.

Y derritiéndome por dentro.

Y trabajando.

Me mordí el labio, lo miré. Había entrado en su juego. Aquello era real. Pero estaba inmóvil... Mientras sus ojos me chillaban. ¡Ven aquí chiquilla! ¡Hombre ya! ¿Se puede saber a qué esperas?

Trabajando ¡Joder! Estaba trabajando.

Hasta que.... ¡uf! ¡Salvada por la campana!

No, no era la vuelta al mundo real, era una salvación. La alarma, pero no de incendios, la de salida. Los niños correteando por los pasillos, el jolgorio de los socios de aquel club. Tuvimos que recoger rápido los colmillos. Aunque me había salvado aquella campana.

Aquel día empezó todo...

Después no nos volvimos a mirar de la misma manera.