27 octubre 2017

Sus hormonas

Nunca me puso cachonda ver a un tío sin camiseta en una fotografía o un video. O sea, nunca me puso cachonda un tío intangible. Pero sí su presencia, su voz, su olor, su piel, su labia... Y, sobre todo, que me hiciera de rabiar... Y aquel muchacho lo tenía todo. Todo pero todo todo. Por eso nos repelemos a cada rato.

Hasta que ocurrió.

O hasta que llegó el momento.

A día de hoy, mis pezones se estremecen cada vez que recuerdan su cara de rabia, placer, deseo...

Yo no sé si era año bisiesto o domingo de resurreción o si todos los planetas estaban alineados. Pero aquello sí que fueron polvos mágicos.

Puto Mario y putas hormonas.

Intentó dejar de follarme, dejarme con las ganas. Enseguida me di la vuelta, le agarré los hombros, lo tiré encima del colchón y agarré sus manos a cada lado de su cuerpo. Ese perfecto cuerpo bronceado y bien definido. Me puse encima de cuclillas  y jugueteé con mi coño y su polla, cada vez más dura. Yo cada vez más mojada. Me la metí de golpe y porrazo y empecé a follarlo con todas las ganas acumuladas en tantos años. Filmando con mis ojos esa expresión que clamaba al cielo, con la boca abierta en forma de O mayúscula. Los ojos cerrados. El sudor resbalando por el pecho, por la frente.

Sería una aberración describir aquel momento con alguna palabra más pequeña que sublime.

Después dejé que se incorporase un poco, mientras me movía suavecito. Y, cuando creía estar confiado, ataqué. Comencé a mover la cadera en círculos. Relamiendome los labios con la victoria de ver cómo se volvía a topar su espalda con el colchón, cómo se arqueaba, cómo se resquebrajaba.... cómo nos desternillábamos de placer. Él por el gusto, yo por la victoria.

- ¡Para! ¡Para! - ordenó - ¡ME CORRO!

- ¿Te corres?

La sonrisa se me desvió al lado derecho, lo miré por encima de las gafas, pero sin llevar gafas. ¡Cuántas ganas tenía de matarlo!

- No, no, no. ¡No! No quiero hacerlo todavía. No, no quiero correrme. ¡Quiero más! ¡No vas a vencerme ahora ZORRA!

¡Valientes palabras! Ataqué con toda mi rabia, usando los trucos más sucios que podía usar.

Y se corrió.

Caímos el uno encima del otro, en señal de rendición. Nos faltaba el aliento, la sangre nos cabalgaba el cuerpo con una potencia de trescientos caballos. Nos miramos y reímos. Luego cada uno se fue a un lado de la cama, tumbados boca arriba, mirándonos a los ojos. Incrédulos. Insatisfechos. Dormimos un poco y luego él me volvió a despertar con muy poca delicadeza. Me cogió en brazos y, delante del espejo de su cuarto me inclinó hacia delante, con las manos a ambos lados, sobre la pared.


Me folló duro mientras tiraba hacia atrás de mi pelo.

- ¡Mírate! ¡Míranos! - me dijo al oído - Esto es por lo de antes.

No me quedaba aliento, tenía la mandíbula desencajada, el rímel corrido, la piel enrojecida, caliente. Ardiendo.

Siempre supo leer a través de mi. Por eso, aunque me resignase a perder la partida sabía tocar el botón, sabía dónde encajarme, cómo matarme de placer. Con una mano agarraba fuerte mi cintura. La otra la deslizó hacia mi clítorix y empezó a mover su dedo corazón en círculos sobre él. Se me hizo el vacío. Comencé a temblar, a temblar como nunca. A sentirme extraña. Como si volviera a resucitar después de casi morir ahogada en un mar de oleaje bravío. Mi vagina temblaba más que una mascletá.

Y él lo notaba.

- ¿Te estás corriendo?
- Si... - admití
- ¡Te estás corriendo! ¡Punto para mi!

Se corrió. Me corrí

Esas cosas que no se le ocurren ni al mejor director de cine. Eso nos pasó. Cosas que pasan como una o dos veces en la vida. Igual nuestra historia, después de tanto tiempo, tan sólo estaba programada para corrernos un par de veces más y adiós. No volví a acordarme más de él. No con las mismas ganas que antes. Lo cierto es que mi debilidad fueron siempre sus hormonas.