20 mayo 2018

17:13 H (Reflexionando entre los apuntes)



Tal vez la vida moderna sea conformarse con la soledad. Acostumbrarse a pensar que somos seres individuales y manejarlo todo tras una pantalla. Olvidando la parte real y humana del SER (o estar) VIVO. El afecto por nuestros semejantes en vez de por las cosas. El mundo se mueve hacia el egoísmo. Centrado en amar a las cosas y utilizar a las personas.

La vida moderna es perversa, apática, vacía.

Los valores son, en parte, la fragilidad de una comunidad. La condena del que no lucha por relacionarse en el mundo. De exponerse al sentimiento, al dolor. Negando la belleza que hay intrínseca en las emociones, en el transcurso del tiempo, en la madurez y el cambio que surge por la erosión del amor. A veces salen formas maravillosas.

Y pensamos siempre en ese NO.

Pero ya nadie quiere comprobarlo. Todos tenemos miedo de sufrir, de implicarnos demasiado en un proyecto para que termine fracasando. Cuando, lo realmente importante es que todo lo que se haga, se haga de corazón. Con la CALIDAD que hay en la belleza de la sinceridad.

Vivimos en los medios de comunicación de masas, donde nos enseñan la parte de una vida idílica que todos pueden soñar y dicen que puedes tener. Nos da miedo ser nosotros mismos, nos da miedo aceptar que la mierda nos llega a todos. Y que, del mismo modo, se sale de ella. Pero también vendemos eso. Vendemos la miseria, el dolor, la pena. Y criticamos todo aquello que se nos antoja imposible.

Estamos vendidos, amigos.

O más bien VENCIDOS.

Debemos aceptar, sin juzgar, que hay diferentes puntos de vista.

Y que la vida no está aquí, detrás de la pantalla.

Ni solos. Porque no estamos solos.

Pero es más fácil grabar un video de cariño diciendo que te sientes mal, quedándote en tu puta casa a solas, mientras abres una botella de vino y destruyes tus metas, tus ilusiones. Y te arrancas el corazón y la piel a pedazos. Y nadie, nadie tiene la obligación de salvarte. Pero todos viviríamos mejor si nos salvásemos los unos a los otros. Si nos quisiéramos en vivo, en directo, y en alta definición. Porque no hay mejor resonancia que la realidad, el contacto. No pensar en el futuro lejano ni en el inmediato sino en el presente.

La vida moderna no debe ser quedarse tras una pantalla.

Ni pensar en el fracaso antes de empezar.

Ni el oponente de la sencillez, las relaciones de calidad.

¡Joder!