13 enero 2017

50 sombras ¿De qué?


Me gusta observar, es cierto. Y de un tiempo a esta parte, me doy cuenta que el sexo está dejando de ser un tabú. A todo el mundo le gusta hablar y fardar, aunque realmente el que menos farda es el que más suele tener.

A menudo salen famosos libros cuyo patético intento de lujuria se hace viral. Después hacen las películas. Es como ir de Málaga a Malagón. Pero, es posible que muchos hombres y mujeres fantaseen con la idea de tener bajo sus órdenes un esclavo sexual, -o de serlo- sin embargo, no todo el mundo se atreve a pedirlo. Porque, casi siempre, esperas que haya un rechazo.

No es inusual que, quien peor cara pone, es el que más lo está deseando. Pero claro, nos hemos criado en una cultura monogámica e irracional donde aún quedan muchas barreras que saltar. La cuestión está en dejarse llevar y hacer lo que a cada uno le apetezca, sin miedo. Es, simplemente, otra manera más de disfrutar. ¡Ya! ¿Y qué? Hay cosas que entrañan sus riesgos, pero cuando te tiras por un puente, siempre compruebas que la cuerda está bien atada. Cruzar la calle también puede ser peligroso, pero nos aseguramos de que no venga ningún vehículo que nos pueda llevar al hoyo o que nos deje peor de lo que estamos. Esa no es cuestión para dejarse llevar por uno de los placeres más grandes para los que está diseñado el cuerpo humano. Dejarse llevar por todos los sentidos, el instinto de la carne, de los huesos… De los sentimientos. También nos privamos de ellos.

Que, si ahora está de moda dejar de quererse, de hablarse, de tocarse… virtualizamos hasta la manera de ponernos cachondos y, créelo. La mente es el órgano sexual más potente y veloz que existe. Por una parte, un solo impulso puede excitarnos hasta límites insospechados, es como tocar un interruptor y encender una bombilla de larga duración. Por otra parte, también podemos accionar algún mecanismo que impida que esa luz brille en su totalidad. O que ni siquiera llegue a encenderse.

Al fin y al cabo, todo está en la mente. Pero eso es lo que le da poder al cuerpo para sentir en alta definición. Es como una auto-programación limitada. ¿Y por qué la gente ve películas de ese estilo? Porque, en realidad, desean llenarse de pasión a cada rato. Quieren sentirse deseados, que la locura alcance el cien por cien de su valor y sea cotizable. Cuando en la propia ficción se crean las ganas, eso es ya imparable. Renunciar motu proprio a este tipo de cosas, es adentrarse en la autodestrucción.

Parece que el mundo, a día de hoy, no esté preparado ni para el sexo ni para el amor. Por eso escriben libros de los que luego hacen películas. Películas donde apenas se muestra nada, donde es el espectador el que imagina, el que moja sus propios labios. (También se relame los de arriba) Pero insisto que, son patéticos intentos de lujuria. Por eso ver porno es vergonzoso y no te cuento si alguien se da cuenta que, a ti, te gustan esas cosas. Bueno, ese terreno igual es irreal, o no. Quizá a él (o ella) también, muera de ganas, quizá te estés follando su mente con un lenguaje subversivo. O igual no, pero está loco por que lo hagas. En vez de eso, te pone a parir. Pero luego se pone a leer 50 sobras de Grey y se sabe la película de pe a pá. Se sabe todos los malditos diálogos y se le ponen los pelos de punta cada vez que se acuerda del polvo que no echó la otra noche. Y de cómo (no) sabían las fresas en su boca. O aquellas tetas que olían sólo a champú. Esa manera tan divertida que tenía de bajar los escalones o ese gesto en el rostro cuando estaba a punto de llegar por cuarta y quinta vez al orgasmo.

Sí, hay quien se limita incluso el número de orgasmos que va a tener en una noche, la cantidad de veces que coincidirán follando antes de que se pillen demasiado y acaben haciendo el amor.

Hasta en las iglesias hay estatuas dedicadas a la lujuria. Y nos seguimos prohibiendo el placer más absoluto para el que está diseñado el cuerpo humano…
No está bonito cerrar con llave la puerta que ansías traspasar y juzgar a los que sí se atrevieron a divertirse. Quizá sea el momento de girar el pomo y dejar que hablen los dedos antes que los prejuicios…
¡Hasta luego!


Alba Delgado Núñez