Historias de terror
Una de las historias más terroríficas que te pueden contar solo tiene cuatro palabras: "Prepárate para el final"
Y no se refiere al final de una carrera, una película o un bolso de ganchillo. Ese final que llega es una despedida de las que no tienen retorno. De cuándo se marchan y tú te quedas.
Quizá marcharse implica dejar de vivir, sin más, como antes de haber nacido.
Quizá, alcanzar el clímax de una vida es una sensación mágica de paz. Un gustazo tremendo. Volar, sentirse en plenitud... Pero quedarse es como un gatillazo. Como un golpe seco en la garganta, como una movida loquísima en plan ¿Sabes? ¿no?
Quedarse significa que se ha terminado el privilegio de compartir el alma, el tiempo...
Porque nos toca recordar y colocar todos esos recuerdos en algún lugar donde no duela, aun sabiendo que muchos de ellos se quedarán por el camino.
Los recuerdos son como un puñado de tierra seca.
Era bonito pisar los charcos, mancharse los zapatos. Reír hasta marearse. Escuchar los pasos, llenarse de besos las mejillas.
Pero llega un día donde el agua no se altera y el rostro sueña con la humedad. Ni existe una próxima ocurrencia, ni una propuesta. Nada más. Ni una risa, ni un enfado, ni su olor, ni siquiera su tintineo.
¿Cómo te preparas para el final? ¿Cómo se hace eso? ¿Por qué nadie ha escrito un manual de decir adiós?
Aunque a veces, llega de golpe, un día cualquiera, mientras pones en remojo las lentejas y cantas tu canción favorita. Suena el teléfono. De pronto el silencio. De pronto ya no está.
Aunque busques en todas partes. No está en la casa, ni en un zapato, ni en el armario. No está en el coche y sus cosas siguen en el lugar de siempre. Con el paso de los días, su rastro va desapareciendo y con el paso de los meses o de los años, parece que nunca hubo nada.
Como si hubiera sido un espejismo.
El tiempo nos borra las huellas, irremediablemente.
Y eso si que da miedo.
Pero no que se borren las nuestras, sino que no quede ni un ápice de aquello que tanto has querido.
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